Después de ser expuesta seis horas al sol de verano de Sonora, mojada accidentalmente varias veces y estrellada contra el suelo en numerosas ocasiones, mi cámara por fin dejó de funcionar.
Tenía ya varios meses haciendo cosas extrañas como apagarse de repente o guardar mal las fotos. El martes, después de siete u ocho meses de tener en la memoria interna las fotos de cuando fuimos al estreno de la película de Harry Potter (sí, fui al estreno, bla bla bla) las pasé a la computadora por fin. Por cierto, entre ellas venía la foto del mini cooper (yo paparazzi, mini cooper, chamarras grises, gente asustada huyendo del cine, larga historia). En fin, el miércoles no pude prender la maldita cámara. Pero eso no es lo raro, porque ya esperaba que dejara de funcionar un día de éstos. Lo raro es el sueño que tuve la noche antes del miércoles. Había una feria en una plaza verde y llena de árboles (también inexistente) de mi ciudad, y la directora del colegio y una maestra llevaban a toda la secundaria "para que nos divirtiéramos". Yo llevaba mi cámara, como siempre. Había un juego de agua, y bla bla bla, de alguna manera mi cámara terminó en un lugar inexplicablemente inaccesible para mí, y yo me desesperé y me tiré al agua (que estaba fea y gris) y empecé a gritar como loca que me dieran mi cámara, pero nadie me escuchaba. Nadie hasta que la hermana-directora me vio y vio la cámara, y tuvo la brillante idea de arrojarla al agua donde yo estaba. Recuerdo que cuando salí del agua empapada y con la cámara en la mano aún tenía esperanza de que sirviera. Y cuando me sequé mágicamente y estaba en un columpio morado tratando de que funcionara, aún tenía esperanza, pero nunca prendió.
De las cinco cámaras que he tenido (una chafita de rollo y tres digitales más chafas aún), era la que más me había durado. De hecho, es la única que ha funcionado por más de seis meses después de llegar a mis manos.

La foto del mini cooper, jeje.
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